¡Dios lo dijo!

En una ocasión Jesucristo le dijo lo siguiente a una mujer adúltera, a la cual había perdonado:

Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

Estas palabras están registradas en el verso 11 del capítulo 8 del Evangelio según San Juan; dirigidas no sólo a esta mujer en particular, porque el Señor no hace acepción de personas.  Este mandamiento se ha mantenido firme a través de los tiempos hasta nuestros días, y sigue vigente para su cumplimiento en nuestras vidas sin excluir a nadie.

Usted se sorprendería al ver cómo la Palabra de Dios está saturada de porciones que muestran claramente tanto la voluntad de Dios de que viva sin pecar, como la posibilidad de lograr este nivel de vida.

Hay poder en Jesús para dejar el pecado de forma definitiva.

Ahora, se tiende a decir que “TODOS SOMOS PECADORES,” incluyendo también a los que son salvos; pero considere lo siguiente:  ¿Salvaría Dios al pecador para que siguiese siendo pecador?  ¿Salvar del pecado para seguir pecando?  ¿La cura para el enfermo es para que siga siendo enfermo?  Si aún después del proceso de la obra transformadora del Señor, no se puede dejar de pecar, entonces, ¿cuál es la diferencia entre la vida antigua y la nueva?  ¿Que en la vida nueva se peca menos que en la antigua?  Piense, por ejemplo, en un individuo entregado al pecado del cigarrillo, o del licor, o de la droga, y después de cierto tiempo ese mismo individuo manifiesta haber sido transformado por el poder salvador del Señor, y en ese estado de “nueva vida” ahora fuma menos, o toma menos licor o consume menos droga que antes: ¿aceptaría usted esto?  ¿Lo vería como un verdadero cristiano?  Esto mismo es aplicable a cualquier otro pecado.  Si no se puede dejar el pecado, ¿dónde, entonces, está el poder de Dios para librar del mismo?  Si la Palabra de Dios nos demanda en el libro de Hebreos, capítulo 12 y verso 14, que vivamos:

…la santidad, sin la cual nadie verá al Señor

entonces, Dios sería injusto, porque la santidad es precisamente vivir sin pecar, y si nadie pudiera vivirla, nos encontraríamos frente a una demanda divina imposible de alcanzar, lo cual significaría la perdición eterna para la humanidad entera, sin esperanza alguna.  Sin embargo, todas las exigencias de Dios son justas y se pueden cumplir; no son inalcanzables, y si éste es el nivel de vida al cual Él nos llama a vivir es porque Él sabe que podemos, a pesar de que “VIVIMOS EN UN MUNDO LLENO DE MALDAD.”  En la primera Epístola de San Juan, capítulo 4 y verso 17, lo corrobora diciéndonos que:

…como él es, así somos nosotros en este mundo.

   Además, en la primera Epístola de Pedro, capítulo 1 y verso 5 aprendemos que somos:

guardados por el poder de Dios, mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo final

Y como si fuera poco, en el verso 24 de la Epístola de San Judas, somos alentados con la realidad de que Dios es:

…poderoso para guardaros sin caída y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría…

El Divino Creador conoce a su creación para saber qué tanto puede exigir de ella.  Es que Dios mismo suministra el ingrediente necesario para ayudarnos a cumplir con este llamamiento y guardarnos sin pecado hasta el fin, y ese ingrediente es su gracia, hecha manifiesta en su Hijo Jesucristo.  En otras palabras, en Cristo tenemos todo el poder necesario para vivir sin pecar cada día de nuestras vidas hasta nuestro último suspiro.  Por tanto, no hay validez en asumir esa actitud de que “HAY QUE HACER LO MEJOR QUE SE PUEDA,” para ver si lo podemos lograr, porque es Dios el que da la capacidad.  Nuestro “mejor” se evidencia en nuestra obediencia voluntaria a todo lo que nos muestra el Señor.

Ahora, vamos a razonar un poco:  todo pecado es anticipado por alguna tentación; y si usted no lo sabía, Dios, anticipándose a esto, proveyó la salida para toda tentación, para todo aquel que realmente desea la salida y quiere mantenerse fiel al Señor.  Esto lo corroboramos en la primera Epístola a los Corintios, capítulo 10 y verso 13, que nos dice:

No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.

Amado lector, ¿se ha dado cuenta de lo que esta porción nos está diciendo?  Nos enseña que para toda tentación hay siempre una salida dada por Dios.  Si es sincero, tendrá que admitir que todo aquel que realmente desea dejar de pecar puede hacerlo, siempre y cuando obedezca los criterios que Dios ha establecido.  Porque la obediencia a los criterios establecidos por el hombre no puede producir la vida santa.  Por consiguiente, si “PECAMOS EN PALABRAS, CON LOS OJOS… ” o con cualquiera de nuestros miembros, no es básicamente por lo difícil de la tentación, sino más bien porque no se acepta ni mucho menos se aprovecha la salida que Dios da, ya sea por temor, o por vergüenza o hasta por algún deleite, porque hay que admitir que hay un deleite en el pecado.  Por otro lado, volviendo a la primera Epístola de San Juan, capítulo 2 y verso 1, leemos lo siguiente:

…estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.

Es necesario morir al pecado, en este caso copiarse en un examen.

En esta porción Dios contempla la posibilidad de que el cristiano pudiera cometer pecado, porque nadie es inmune a este mal, y provee un medio en su hijo Jesucristo para la pronta corrección y reconciliación.  Sin embargo, esto no debe interpretarse como una licencia para pecar y pedir perdón como quien lo hace, por ejemplo, semanalmente.  La idea es “para que no pequéis.”  Ante los ojos de Dios el patrón normal de vida es no pecar, y lo anormal, lo raro, lo inusual, es pecar.  Por eso es que la porción hace mención de “si alguno hubiere pecado,” o sea, si se diera el caso; no debe darse, porque hay poder de sobra suministrado por el Señor para vencer; pero por si acaso ocurriere…”  Y existe la gran necesidad de percibir las cosas desde la perspectiva de Dios y no desde la perspectiva humana.  La Palabra de Dios es clara y le toca al hombre subir al nivel de Dios en vez de tratar de bajar el nivel divino para su propia conveniencia.  También es cierto que “LA CARNE ES DÉBIL…,” que hay un espíritu carnal más poderoso que el ser humano, que lo impulsa a ir siempre contrario a Dios, y este espíritu es la raíz de todo pecado que se comete.  En otras palabras, “NACIMOS EN PECADO…” lo cual es cierto.  Pero muchos agregan que “VIVIMOS EN LA CARNE…,” implicando a todos, y esto no es cierto, porque la vida carnal no es una condición irremediable.  Todo aquel que vive en la carne, después de haber conocido la verdad de Dios, permanece en ese estado a consecuencia de su voluntaria actitud de no permitir la morada y el total gobierno del Espíritu Santo en su vida.  Es que para que el Espíritu de Dios (quien libera al hombre de la poderosa influencia de la naturaleza carnal) more en el individuo, el individuo necesita adoptar una actitud–¿cuál es?–la de morir voluntariamente al pecado, o sea, deliberadamente no corresponder al pecado; resistir toda tentación en total dependencia del poder de Dios, y esto es precisamente lo que la mayoría no está dispuesta a hacer.  Es que la intención de Dios es la de solucionar el gran problema del pecado desde la raíz.  Su objetivo no es sólo perdonarnos por los pecados mediante la muerte de su Hijo en la cruz; ésa es sólo la parte inicial de la obra redentora, y no sería suficiente para ayudarnos a no volver a pecar.  Dios procura llegar al meollo para la solución del problema–¿cuál es?–librarnos de la influencia poderosa del espíritu carnal mediante la presencia del Espíritu Santo en nuestro interior.  Pero esto sólo tendrá su efecto en la medida en que el individuo colabore con Dios, haciendo la parte que le corresponde, que es la de resistir toda tentación hasta vencer.  El Espíritu Santo es el “Hombre más fuerte,” quien produce la liberación del poder carnal, pero el individuo necesita resistir, que es el equivalente de morir al pecado.  Esta es la clave de la victoria:  la muerte diaria y voluntaria al pecado; razón por la cual Cristo nos dice en el verso 23 del capítulo 9 del Evangelio según San Lucas lo siguiente:

…si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.

Es aquí en donde los versos 1 y 2 del capítulo 8 de la Epístola a los Romanos se cristalizan como una realidad vigente en nuestra vida:

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.  Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

Añadido a esto, el poder de Dios para la victoria consistente sobre todo pecado llega tan profundo como hasta la mente, ya que la Biblia nos enseña en la primera Epístola a los Corintios, capítulo 2 y verso 16 que:

…nosotros tenemos la mente de Cristo

de manera que ya no tengamos que decir que “HASTA CON LA MENTE PECAMOS,” esclavizados bajo toda clase de malos pensamientos.  Necesita percibir que el trabajo restaurador del Señor es completo, no a medias.  La presencia del Espíritu Santo en nosotros no sólo nos purifica, pero también nos mantiene purificados de toda iniquidad, tanto en nuestro interior como en nuestro exterior.

Si consideramos ahora el hecho de que nacemos en pecado, definitivamente y sin duda alguna podemos decir:  “¿SIN PECADO?  SOLO CRISTO… ,” ya que Él es el único ser humano que ha nacido sin haber heredado la naturaleza carnal y que nunca ha pecado.

Bien es cierto que hemos pecado, pero este argumento ante Dios no tiene ninguna validez como excusa, porque esto no implica que nuestras vidas no puedan llegar a ser semejantes a la de Él por la obra de salvación, máxime al tomar en cuenta lo que la primera Epístola de San Juan, capítulo 3 y verso 3 nos dice:

Y todo aquel… se purifica a sí mismo, así como él es puro.

Y el verso 7 del mismo capítulo nos enseña que:

…el que hace justicia es justo, como él es justo.

Entonces, si el Señor ya ha establecido que los que proceden con justicia consistentemente como producto de su obra restauradora son justos, así como él, no hay cabida para decir que “NO HAY NI UNO JUSTO…”  Considere lo que nos dice el verso 30 del capítulo 8 del la Epístola a los Romanos:

…y a los que llamó, a estos también justificó…

La palabra “éstos” se está refiriendo a personas de carne y hueso como usted y yo.  Personas a quienes Dios llamó un tiempo atrás, y sigue llamando presentemente, para librarlos de la condición de culpables por sus delitos y pecados, y justificarlos.  ¡Cuán cierto es!  No hay justo, en su propia capacidad; ni aun uno, como lo vemos en la misma Epístola a los Romanos, capítulo 3 y verso 9.  No hay quien pueda justificarse ante Dios por sus propias obras, tratando de obedecer toda la ley divina.  Antes de Cristo el hombre no lo pudo lograr, evidenciándose de esta manera la incapacidad humana de lograr la justicia divina en sus propias fuerzas.  Pero en Cristo podemos ser declarados libres de toda culpabilidad mediante el trabajo redentor del Señor.  Esto es el equivalente de la vida perfecta a la cual lo llama el Padre Celestial en el libro de Mateo, capítulo 5 y verso 48:

Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Lo cual no se refiere a la perfección de ser plenamente iguales a Dios en todos sus atributos; pero más bien a la completa purificación de todo pecado.  O sea, limpios no sólo de los pecados cometidos, pero también de la raíz de todo pecado, que es la naturaleza carnal (como habíamos mencionado), y con las características de Cristo.  Estamos hablando de la restauración del hombre al estado en el cual había sido creado en el principio.  Ese estado de pureza perfecta del cual cayó cuando voluntariamente pecó la primera vez contra el Creador, después de haber sido tentado.  Esa es limpieza total, limpieza completa, limpieza perfecta; como lo vemos en la Epístola a los Hebreos, capítulo 12 y verso 23:

…los justos hechos perfectos…

Ahora, ¿a qué le va a dar más peso?  ¿A la palabra del hombre o a la palabra de Dios?  ¡LO QUE DIOS HA ESTABLECIDO TIENE MÁS PESO QUE LO QUE EL HOMBRE DICE!  Por consiguiente, si Dios, en su poder, hace al hombre perfecto, ¿quién es el hombre para decir que “¡NADIE ES PERFECTO!”?  ¿No se da cuenta que la aceptación de este criterio falso es contradecir al Todopoderoso?

Todo lo mencionado hasta aquí, si lo ha analizado correctamente, debe también llevarlo al punto de percibir que los que hemos sido procesados por Dios en la obra divina de salvación no “SOMOS PECADORES SALVOS POR GRACIA.”  Sí, somos salvos por la gracia de Dios, pero no pecadores, porque el pecador es exactamente lo opuesto al salvo.  Es que el que es salvo lo es porque ha sido salvado del pecado; ya no es pecador; ya ha cesado de rebelarse contra Dios, lo cual es pecar.  Y si se mantiene salvo, entonces no tiene pecado, mientras no lo comete.  Puede confiadamente decir “no tengo pecado…” porque esa es la condición real de su vida, completamente libre con Dios, siendo Dios mismo su testigo; sin temor alguno porque “el que no la debe, no la teme.”  Entonces, la porción en la primera Epístola de San Juan, capítulo 1 y verso 10, que muchos utilizan:  “SI DECIMOS QUE NO TENEMOS PECADO, LE HACEMOS A ÉL MENTIROSO…” sólo tiene su aplicación correcta en aquellos que procuran con engaño ocultar la realidad de su estado pecaminoso que rehusan admitir, y esa actitud equivale a decir que Dios es mentiroso.

Episodio de San Juan 8: 3-11

Finalmente, Jesucristo dijo en la primera porción que citamos, el Evangelio según San Juan, capítulo 8 y verso 7:  “EL QUE NO TIENE PECADO, QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA,”  y con esto expuso la condición pecaminosa de los que pretendían condenar a una mujer estando ellos también en pecado, igual que ella.  Todo aquel que vive la vida santa consistentemente tiene la capacidad de juzgar, o sea, hacerle ver a otros su error.  Y esto no para condenarlos, pero para que cambien por su propio bien eterno, que es lo mismo que corregir en el espíritu del amor, lejos de condenar como quien tira la primera piedra, porque reconoce que pudo también ser apedreado justamente por el Señor.  Y en este espíritu procuramos mostrar bíblicamente la verdad, habiendo sido nosotros mismos juzgados para nuestro propio beneficio mediante la Palabra, por otros quienes vivieron y siguen viviendo en santidad.  Tratar de utilizar contra nosotros las palabras que Cristo utilizó contra aquellos que aún no habían lidiado primero con la viga en sus ojos, sería esquivar la voz del Espíritu en relación con su propia condición.  Si todo lo que ha leído hasta aquí ha causado algún impacto en usted, arrepiéntase, pídale perdón al Señor en oración, abandonando definitivamente la vida de pecado, y acepte en obediencia lo que Cristo le dice:

Ni yo te condeno; vete, y no peques más.