Yo no estaba buscando un cambio. Yo vi el pecado como un chicle. Tiene un sabor, tiene un placer, pero ya después que pasa toda la euforia el gusto que tenía ya no está. Pasan los días y sientes un vacío. Los placeres no quedan, el sabor se va. Yo estaba así. Cuando yo confesé mis pecados ante Dios, un peso se me levantó de encima.
"Hay que tomar un tiempo específico para la palabra de Dios. Una de las cosas fundamentales para mí fue mantener una rutina diaria de estudio con la palabra de Dios. No solo leer para cumplir, pero estudiar, tratar de entender lo que la palabra dice, tomar tiempo en oración con Dios, hablar con Dios, abrirme delante de Dios y expresarle cómo me siento"...
"Yo sentí un peso que se levantó de mi ser. Cristo cambió mis gustos. En él encontré vida. Había encontrado algo que me estaba llenando, algo que realmente me satisfacía".

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