Serie: “PRODUCIENDO LO BÁSICO”

 

Primeramente volvamos a la porción en Deuteronomio 5:29, que nos dice lo siguiente:

¡Quien diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!

Dios ha deseado y sigue deseando el bien para todos nosotros y nuestros hijos; pero ese bien se da en la medida que todos los días guardemos todos sus mandamientos.  Esto implica una obediencia sostenida a todo lo que el Señor nos manda.

Esta actitud en nosotros como padres casi como que garantiza el bienestar permanente de nuestros hijos, según Dios; y bueno sería escudriñarnos a la luz de esta porción con la siguiente pregunta: Como padre y esposo (al igual que la madre y esposa), ¿estoy haciendo todo lo que Dios me ha mandado hacer todos los días?

Por otro lado, al examinar la porción en Lucas 15:11-32, acerca del hijo pródigo, nos daremos cuenta que se puede dar el caso en donde ese hijo en su rebeldía escoja el mal a pesar de todo el esfuerzo por parte de los padres en obedecer a Dios consistentemente.  Reconozco que al considerar esta posibilidad (la del hijo pródigo), mi espíritu tiembla, al punto de no querer aceptarla en mi caso particular.

Sin embargo, el conocimiento de esto nos ayuda para que, en caso de que se dé, no sucumbamos bajo un espíritu de frustración y auto condenación.  Pero la actitud tampoco debe ser como quien dice: “Bueno, ya que existe la posibilidad de que mi hijo no lo logre, haré lo que pueda, y amanecerá y veremos.”  ¡En ninguna manera!  Tengamos la visión correcta: “podría ocurrir, pero no tiene que ser así”.  Por tanto, esforcémonos, hagamos lo mejor, porque Dios nos respalda.

Ahora, en ese espíritu, independientemente del resultado que se dé (ya sea que nuestros hijos sean salvos o no), debemos producir por lo menos lo básico, que en mi estimación consiste en lo siguiente:


Hijos sumisos a los padres

Dios espera que en casa los hijos se sometan a todo lo que él establece a través del padre, la cabeza de la familia.  El hecho de que aún no hayan sido salvos, si ese es el caso, no los exime de las demandas Divinas, porque todo lo que está escrito en la Palabra es tanto para los salvos, para que lo obedezcan, como también para los no salvos, para que sean salvos y obedezcan también.  La responsabilidad del desarrollo de ese espíritu de sumisión por parte de los hijos descansa sobre los padres, especialmente sobre papá.  Si consideramos la porción en I Timoteo 3:4-5, leeremos lo siguiente:

…que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?)…

Lo mismo vemos en el verso 12:

Los diáconos sean maridos de una sola mujer, y que gobiernen bien sus hijos y sus casas.

Como está plasmado, esto es en relación con todo aquel que anhela el obispado o el diaconado.  Es que la vida de aquel que ejerce algún cargo de liderazgo debe ser ejemplo para el pueblo en los diferentes aspectos de su vida; y este—la sujeción de los hijos—es uno de ellos.  Y note que la porción no hace mención del estado espiritual de los hijos, (si son salvos o no) para efectos de excepciones, implicando con esto que la sujeción se debe ejercer independientemente de la condición espiritual de ellos.

Ahora, razone conmigo, ¿cree usted que Dios aceptaría que porque no se ejerza el cargo de diácono se exima de la responsabilidad de, por ejemplo, ser marido de una sola mujer?  Entonces, porque no soy obispo, ¿Dios comprende cuando mis hijos no se someten?  El espíritu de este asunto es que si la sujeción de los hijos debe ser lo característico en el pueblo, lo que se espera de cada familia, cuánto más en los dirigentes.  Es más, a la luz de la porción en el libro de Hebreos 13:7, que nos dice:

Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe

nos daremos cuenta que lo que Dios demanda del ministerio asimismo lo demanda del pueblo, en aquello que no está directamente relacionado con el llamamiento.

José y María cuestionando a Jesús por haberse quedado en Jerusalén.

El ejercicio de la autoridad paternal en el sometimiento a lo establecido en el hogar es vital.  Por cierto tiempo nos tocará, como padres, decidir literalmente por ellos e inducirlos a hacer lo que conviene tanto a ellos como individuos como también a la familia.  Durante su niñez y aún hasta cierto punto durante su juventud, no poseen la capacidad de tomar ciertas decisiones de peso que les producirán los beneficios temporales y eternos.

Su visión de las cosas es corta.  Por tanto, la autoridad que ejerzamos sobre ellos operará como medio de salvaguarda y guía para llevarlos a un futuro conforme a la mente de Dios para ellos.

Añadido a esto, conviene mencionar que el hijo que no aprende a someterse a sus padres tampoco aprenderá a someterse a Dios.  Este ha sido gran parte del problema de la rebeldía en la juventud, que ha tenido su inicio en la niñez.  Necesitamos lograr a su temprana edad que entiendan claramente que existe solo una cabeza en el hogar; por tanto, no vacilemos en disponer de todos los recursos necesarios al ejercer la disciplina apropiada para tal fin.  Muchas veces la correa será el instrumento necesario y efectivo, cuando se amerite, para ayudarlos a entender, especialmente cuando ellos nos retan.

Créalo o no, en ocasiones los hijos tienden a retar la autoridad de los padres—ya sea para lograr lo suyo propio o estudiando la situación para ver cuán lejos se puede llegar—y si no nos paramos firmes, ellos la usurparán sin contemplación alguna, para vergüenza nuestra y deshonra a Dios.  No nos dejemos llevar por esa mentalidad de que a los niños no se les debe poner la mano encima.  La clave está en el ejercicio de la corrección en la sabiduría de Dios, que nos ayuda a mantener el equilibrio.  Por tanto, mientras por un lado no tendamos hacia el maltrato, por el otro no los constituyamos en seres intocables, porque asimismo serán cuando crezcan y sus músculos se desarrollen y los nuestros se debiliten.

No habrá manera de controlarlos con nuestra voz, que es el único medio del cual podremos disponer, y sufriremos las mismas consecuencias y la misma condenación que Elí aún está sufriendo juntamente con sus hijos (I Samuel 2:12-36 y 3:11-14).  Pongamos nuestra barba en remojo, aprendamos de las experiencias pasadas y hagamos lo que nos corresponde para producir una generación sumisa, preparada para tomar la antorcha, para el relevo hacia el final con el estandarte del nivel en alto, como lo normal.

(Extracto del libro “PRODUZCAMOS LA TIERRA DE MIEL”. Las imágenes no forman parte del libro. Algunas imágenes han sido tomadas de: FreeBibleimages.org)