AUTORIDAD MORAL

(Extracto del libro “PRODUZCAMOS LA TIERRA DE MIEL”)

 

En casa somos quienes somos, y todos nos conocemos.  Y esto es así porque “estamos en familia”.  Hay una libertad en el círculo del hogar que no necesariamente existe en otro ambiente.  Y realmente, dentro del diseño de Dios para la familia, esto debe ser así.  Mientras que en otros entornos nos conducimos de cierta manera, manifestando algunas perspectivas de nuestra vida—a través de las cuales la sociedad nos conoce—en casa nos exponemos tal cual somos.

Esta evidente realidad debe llevarnos, como padres, a asegurarnos de que nuestras vidas sean íntegras, como lo normal, si queremos ser de influencia a nuestros hijos para bien.  Es imposible tratar de ser santos en toda nuestra manera de vivir, vigilando cada movimiento, cada acción nuestra para evadir que seamos sorprendidos in fraganti.  Lo que está internamente ejerciendo mayor poder, tarde o temprano va a salir y será manifiesto a todos, primeramente en el ambiente familiar.  Nuestros hijos no son ciegos, ellos nos conocen, por tanto, son nuestros jueces inmediatos todos los días.  Las mismas cosas que oímos del púlpito, ellos también las oyen, y saben—ya a temprana edad, conforme a su nivel de conocimiento—si somos consistentes o inconsistentes, estables o inestables, sinceros o con doblez.

Debe haber en los padres esa capacidad de hablarles a los hijos y producir en ellos los efectos que los constriñan a acatar su voz.

Hay un tremendo provecho en la posesión de esta virtud, pero de igual manera hay serias consecuencias que podrían darse por su carencia.

Consideremos, por ejemplo, el caso de David, uno de los reyes de Israel, quien le falló a Dios cometiendo adulterio con Betsabé, la mujer de Urías, uno de sus soldados.  A raíz de este pecado ella quedó embarazada.  David, una vez enterado de aquello, y habiéndole

fallado la trama con la cual procuró ocultar su pecado, estratégicamente mandó a asesinar a Urías.  Este mal eventualmente fue notorio, e hizo que personas de otras naciones blasfemaran a Dios.  A consecuencia de esta caída, Dios, a través del profeta Natán, confrontó a David, y como castigo pronunció: 1) la muerte de la criatura que nació de esa unión ilícita; y 2) una serie de males que se darían en la familia de David.  Esto lo vemos plasmado en 2 Samuel 12:7-14, que nos dice:

7…Así ha dicho Jehová, Dios de Israel…10Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste, y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer. 11Así ha dicho Jehová: He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista del sol. 12Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol. 13Entonces dijo David a Natán: Pequé contra Jehová. Y Natán dijo a David: También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás. 14Mas por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá.

Si bien es cierto que las situaciones que se desencadenaron en la familia de David fueron pronunciadas por Dios, no podemos ignorar que como padre, el efecto de su pecado sobre sus hijos contribuyó en gran manera a las bajezas que ellos cometieron; máxime al considerar que esos males fueron los mismos en los que él había incurrido: Fornicación y asesinato.

Vemos, por ejemplo, a uno de sus hijos, Amnón, deseando a su hermana Tamar al punto de que la forzó a acostarse con él.  Esto despierta la ira de su hermano Absalón, quien 2 años después de guardar ese resentimiento contra él, lo asesina, vengando la deshonra hecha a su hermana.  Posteriormente se da a la fuga.  Todo esto se habría podido evitar si durante esos 2 años David hubiera intervenido para lidiar con Amnón.  Posiblemente, hasta las cosas habrían trabajado para aplacar la ira de Absalón contra su hermano.

Pero, ¿qué autoridad moral tenía David para corregir a Amnón, habiendo él mismo caído en un mal similar?  Su testimonio se había manchado, no solo en relación con su familia, pero también en relación con su nación, y esto llegó a oídos de otras naciones enemigas, quienes hablaban mal de Dios por lo que él había hecho.  Yo le digo, con todo el perdón concedido, el arrastre del pecado, especialmente en un líder, es fuerte, considerando su magnitud.  Hay heridas tan profundas que ni aún al paso del tiempo logran sanar.

Como líderes o jueces en nuestros hogares no podemos juzgar efectivamente cuando hay grandes porciones de “papas calientes”, de nuestras propias cosechas, tapando nuestras bocas.  Pasados 3 años lejos de su padre, Absalón vuelve a Jerusalén por la intervención de su primo Joab, general del ejército de Israel; no obstante, su padre lo mantiene distanciado, aún molesto por la tragedia ocasionada.

Después de este distanciamiento por aproximadamente 2 años, se logra una reconciliación.  Pero más tarde Absalón, procurando el trono, se rebela contra su padre.  Ciertamente, la espada no se apartó de la casa de David, quien se ve ahora—como si fuera su turno— obligado a huir de su propio hijo.  Y así podríamos seguir.

Toda esta sucesión de males y corrupciones en la casa de David, por más de 7 años, está registrada en II Samuel, capítulos 11-18.  Creo que si el Señor le ha dedicado 7 largos capítulos a esta cara oscura de la vida de David, es para que por lo menos nos demos cuenta de las serias consecuencias que pudieran darse cuando se carece de autoridad moral.

Ahora, contrario a lo que acabamos de ver, tenemos el caso de Mardoqueo y su prima, la reina Ester.  La Palabra nos enseña que él la crió, como lo vemos en Ester 2:7 que nos dice:

5Había en Susa residencia real un varón judío cuyo nombre era Mardoqueo hijo de Jair, hijo de Simei, hijo de Cis, del linaje de Benjamín; 6el cual había sido transportado de Jerusalén con los cautivos que fueron llevados con Jeconías rey de Judá, a quien hizo transportar Nabucodonosor rey de Babilonia. 7Y había criado a Hadasa, es decir, Ester, hija de su tío, porque era huérfana; y la joven era de hermosa figura y de buen parecer. Cuando su padre y su madre murieron, Mardoqueo la adoptó como hija suya.

De aquí podemos concluir que Mardoqueo prácticamente fue su padre.

Su integridad ante Dios, que respaldaba esa autoridad moral manifestada en su poderosa influencia sobre Ester, operó de tal manera que traspasó las barreras del ambiente social.  Esto se evidenció en la obediencia de ella, como lo leemos en los versos 10 y 20 del mismo capítulo 2 que nos dicen:

Ester no declaró cuál era su pueblo ni su parentela, porque Mardoqueo le había mandado que no lo declarase.

Y Ester, según le había mandado Mardoqueo, no había declarado su nación ni su pueblo; porque Ester hacía lo que decía Mardoqueo, como cuando él la educaba.

Para los que conocemos la historia, si analizamos la situación, la chispa que motivó el movimiento estratégico para la liberación de los judíos se dio en las palabras persuasivas de un padre a su hija adoptiva.  La solución al gran dilema estaba en manos de Ester; no obstante, ella titubeaba frente a las condiciones que tendría que enfrentar, porque su vida estaba en juego.  En los versículos 10 a 17 del capítulo 4 del mismo libro, leemos lo siguiente:

10Entonces Ester dijo a Hatac que le dijese a Mardoqueo: 11Todos los siervos del rey, y el pueblo de las provincias del rey, saben que cualquier hombre o mujer que entra en el patio interior para ver al rey, sin ser llamado, una sola ley hay respecto a él: ha de morir; salvo aquel a quien el rey extendiere el cetro de oro, el cual vivirá; y yo no he sido llamada para ver al rey estos treinta días. 12Y dijeron a Mardoqueo las palabras de Ester. 13Entonces dijo Mardoqueo que respondiesen a Ester: No pienses que escaparás en la casa del rey más que cualquier otro judío. 14Porque si callas absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?
15Y Ester dijo que respondiesen a Mardoqueo: 16Ve y reúne a todos los judíos que se hallan en Susa, y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis en tres días, noche y día; yo también con mis doncellas ayunaré igualmente, y entonces entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca. 17Entonces Mardoqueo fue, e hizo conforme a todo lo que le mandó Ester.

La sabiduría de Dios manifestada en las palabras de Mardoqueo es incuestionable.  Sin duda, causaron su efecto en Ester a pesar de la distancia que los separaba.  Seguramente, para ella las palabras de su padre llegaron a sus oídos con una autoridad única, característica de un hombre con moral Divina.

La posición social elevada en la cual se encontraba, con respecto a Mardoqueo, no afectó en nada su respuesta a o que él le había mandado a decir.  En su mente, aunque no lo podía ver ni oír, le había registrado: “Esta es la voz de mi papá, aquel hombre recto, sabio y fiel que me crió”; por tanto, no le quedaba otra opción que atender con solicitud, no a la fuerza, pero en ese espíritu de correspondencia, porque lo respetaba, lo tenía en grande estima, y esto se había desarrollado durante sus años de crianza.  Su disposición fue tal que estuvo dispuesta a morir, por el estímulo de las palabras de su amado padre.

Finalmente, Dios la respaldó, y la guió en la realización de la estrategia Divina para sacar a su pueblo airoso en medio de la situación amenazante que había despertado Amán, precisamente por la integridad de Mardoqueo.

En el tiempo en el cual vivimos necesitamos ser padres con autoridad moral, que:

  • Con solo nuestra presencia logremos frenar el mal en nuestros hijos; y alentarlos a que se esfuercen a hacer el bien.
  • Nuestra manera de hablarles sea tal que se sientan constreñidos no solo a escucharnos por mero respeto, pero también a obedecer para su propio bien y el de muchos.
  • A través de nuestras vidas se manifiesten resultados continuos, producto del respaldo Divino, para que nuestros hijos vean que esto funciona.
  • Aun en nuestra ausencia, cuando ya no podamos lidiar con ellos de cerca, el efecto de todo lo que se haya vertido en ellos durante la crianza, permanezca porque voluntariamente lo hayan querido así.

Sin embargo, nosotros mismos deberemos asegurarnos de desarrollar esa clase de vida cuyo calibre compagine con este grado de autoridad.  Una vida cuyo testimonio impregne en la mente de nuestros hijos tal certeza de rectitud, decencia y hombría que los inspire a decir: “Mi papá es un hombre de Dios”, o “mi mamá es una mujer de Dios”.

Tomando esto en cuenta, hay algunas actitudes, que al implementarlas como parte de nuestro diario vivir, trabajarán para respaldar, incrementar y validar la autoridad moral en nuestro entorno familiar, y son las siguientes:

  • La vivencia continua de lo que emana de nuestros labios; especialmente lo que les enseñamos a nuestros hijos.
  • La aceptación de las correcciones de nuestros hijos cuando tienen la razón.
  • El espíritu de responsabilidad en sus diferentes ramificaciones.
  • La veracidad de lo que les decimos.
  • La aplicación de la sabiduría de Dios en nuestras vidas y en el hogar, junto con el respaldo Divino manifestado en los resultados.
  • El cumplir lo que les prometemos.
  • Nuestro respaldo al ministerio.
  • Un espíritu honesto, la transparencia en nosotros.

La vida de un padre o una madre que reúne estas condiciones goza del respaldo Divino en la manifestación de un poder que influencia a los hijos, aun en medio de todo tipo de situaciones, por más contrarias que pudieran ser.

Procuremos, pues, desarrollar esta cualidad tan especial e importante, porque podemos lograrlo.  Si nosotros lo queremos y Dios también, ¿qué nos puede impedir?