Continuando con el tema:

“PRODUCIENDO LO BÁSICO” 


Hijos que aprecian la unidad familiar

El mejor ambiente para el desarrollo y la protección de nuestros hijos en medio de este mundo inicuo es su propio hogar.  No existe mejor lugar.  Si la atmósfera es tal que Dios es el centro y como producto de aquello prevalece el grado de amor que inspira al aprecio de la relación  unos con otros, todo esto trabajará para crear el espíritu de unidad en la familia.

Familia Tomlinson paseando juntos.

Mientras mayores sean las actividades que se realicen juntos, como familia, más se fortalece la unidad.  Esta práctica no es muy común en nuestros días, especialmente cuando los hijos son jóvenes con cierto grado de independencia.  Al paso del tiempo  cada cual tiende a ir por su rumbo de acuerdo a sus intereses: el deporte, los estudios, la vida con las amistades de la comunidad, los hobbies, el arte, o algún empleo, etc.

Familia Tomlinson jugando con otros niños en un parque.

Cuando no existe una fuerza de enlace o afinidad en la familia, se crea una vulnerabilidad ante las fuerzas externas tendientes a producir la separación.  Esto incrementa las posibilidades de que los hijos, en ese estado de rebeldía—especialmente durante la adolescencia—abriguen la “brillante idea” de irse de la casa, especialmente cuando se les priva de la libertad de salir con sus amistades—lo cual es para su protección—sin la provisión de alguna compensación por parte de los padres.

Hay un valor en realizar actividades familiares como: salir a un parque, o ir juntos a un lugar para comer helados—no tiene que ser comida pesada en un restaurante—caminar juntos en la mañana, etc.  Estas actividades fuera de la atmósfera del culto en el templo contribuyen al desarrollo del espíritu de unidad en nuestros hijos.  A veces no nos imaginamos cómo el Señor puede trabajar las cosas en momentos como estos, para llevar a cabo varios propósitos.

Hermana Tanya participando del juego.

Una tarde fuimos juntos a un parque, y llevamos una soga para saltar.  Después de pasar un tiempo en los columpios y los demás juegos, decidimos jugar con la soga.  Cuando empezamos a saltar,  incluyéndome a mí mismo, nos dimos cuenta de que otras personas nos estaban observando.  Parecía ser algo novedoso el ver a una familia jugar a la soga, en un tiempo como este, cuando ese tipo de juegos es obsoleto, algo del pasado.  Poco después, algunos niños, de diferentes edades, se acercaron y libremente se incorporaron; e incluso algunas madres también se acercaron y al ver que sus hijitas querían aprender a saltar la soga, procuramos enseñarles.  Fue un momento muy agradable que como familia consideramos  fue inolvidable.

Cuando llegó la hora de irnos querían seguir, pero no pudimos quedarnos más tiempo, y una de las madres mostró su agradecimiento por haberle permitido a sus hijas tener la experiencia de aprender a saltar la soga.  Camino a casa, nos dimos cuenta de que no solo el propósito de la recreación familiar se había cumplido, sino que también se había impartido una bendición otros.  Y asimismo, en otras ocasiones, nuestras salidas familiares han servido para ministrarles a otros la Palabra.

El buen trato entre los padres debe ser ejemplar; en especial cómo se hablan.  La práctica de los buenos modales representa un papel importante en el desarrollo de la unidad en la familia.  Por tanto, expresiones tales como: “Por favor”, “gracias”, “buenos días”, “que descanses bien”, deben formar parte del vocabulario familiar.  Y no solo el vocabulario, pero más la actitud del buen trato, el espíritu de aquello, que es el meollo.  Muchas veces somos más propensos a ejercer buenos modales con los de afuera que con nuestros propios padres o hermanos en casa.

En algunos círculos familiares pareciera ser lo más raro, por ejemplo, en las mañanas, preguntar: “¿Cómo dormiste anoche?”; o en algún momento—no necesariamente el día del padre o el cumpleaños de papá—decir: “papá, te quiero mucho”.  Parte del problema consiste en que la corriente del mundo, que tiene que ver con el trajín rutinario—el apuro para llegar a tiempo al trabajo o a la escuela, o a la cita médica—ha arrastrado a muchos al punto que ya no hay tiempo ni siquiera para unos segundos de mutuo intercambio de buenos deseos.

Por otro lado, esa mentalidad que muchos han asumido, donde se cree que la confianza es inversamente proporcional al buen trato y al respeto, ha contribuido también a este efecto negativo en el ámbito del hogar.  Pero si en Dios se asume la mentalidad correcta–que lleva a las determinaciones necesarias–y se procede a los cambios deliberados, se dará lugar al respaldo del Espíritu para el desarrollo de una mejor relación.

Este grado de interacción en el buen trato debe proyectar el agrado y deleite de papá con la presencia de mamá y viceversa.  Estas son expresiones que no deben ocultarse.

Bueno es cuando el uno le dice al otro: “me gusta cuando estás en casa”, aun a pesar de las diferencias y correcciones, porque se evidencia el poder de la unidad a consecuencia del amor.  Es que la unidad basada en el amor no implica la ausencia de diferencias, pero más bien manifiesta la capacidad de lidiar con las diferencias para frustrar la división.  Esto inspira en los hijos la visión correcta en cuanto al aspecto de la unidad en el hogar, y por tanto, la mentalidad correcta.  Me refiero a esa mentalidad de mantenerse dentro del seno familiar no importa qué se dé; que ni siquiera consideren la insensata idea de irse de la casa por no poder soportar la disciplina que se les aplica para su propio bien; porque perciben el valor de la interacción familiar por los beneficios que produce.

Además de esto, la relación que se desarrolla entre los padres y los hijos, donde ellos (los hijos) aprenden a apreciar y venerar a sus padres, representa un papel importante en la unidad familiar.  Los hijos que no veneran a sus padres tampoco venerarán a Dios, ya que esa interacción entre ellos es la preparación para su interacción con Dios.  Cuando un niño, o un adolescente o joven aprecia esa clase de relación en la cual ve a su padre como su amigo admirable y a su madre como su amiga admirable también, difícilmente se separa.  Hay un poder de enlace que se desarrolla e incrementa al paso del tiempo.

De igual manera la relación entre los mismos hijos.  A esto añado que conviene inculcar en ellos desde temprana edad el buen trato del uno con el otro, la cortesía, la manera cómo se comunican, y esto tanto dentro como fuera de la casa.  Procuremos evitar que se lancen ciertas expresiones ofensivas entre ellos, que generalmente permitimos “porque son hermanos, y no hay nada de malo en eso”.  Vuelvo a recalcar que la confianza en la relación familiar no debe ser razón alguna para el irrespeto.

Participando juntos a la mesa.

El tiempo a la mesa, donde todos comen juntos, no debe faltar.  Estos son momentos que deben atesorarse y preservarse, no solo durante el tiempo de la niñez, sino también durante la adolescencia y la juventud de los hijos.  Se debe procurar que esta práctica perdure, dentro de lo posible, hasta que cada uno “deje el nido” de acuerdo con la voluntad Divina.  Y aun después, cuando queden los dos “tortolitos” que construyeron el nido.

De aquí el reto consiste en la instrucción de la importancia de esta práctica y su implementación a temprana edad, de tal manera que se torne en un deleite con la participación de todos.  Cuando hay deleite en algo, la tendencia es a darle un lugar especial y a mantenerlo.

Cabe destacar también que la oración en el hogar es un elemento vital, no solo en el desarrollo, pero también en la permanencia de esa unidad; lo he visto funcionar en mi propio hogar, en esos momentos cuando todos participamos.  No sólo ese momento de oración cuando todos están juntos, sino también cuando el hermano ora con su hermana, y la madre con su hijo, y el padre con su hija; esta combinación ya cristalizada en una manera continua enriquece el espíritu de la unidad familiar.  Por tanto, no excluya a los niños de la atmósfera de oración; inclúyalos, enséñeles a sus hijos a orar, a serles agradecidos a Dios por Su providencia; ore con ellos y ore por ellos en su presencia.  Si no son salvos, Dios puede utilizar aquello para despertarlos a la salvación.

Una última consideración dentro de este aspecto de la unidad es la necesidad de que desarrollen el temor de irse de la casa para probar lo de afuera.  Debemos lograr que registre en nuestros hijos la triste historia de lo que se ha dado en la vida de aquellos que lo han hecho, y se repite aún en sus contemporáneos.

Críelos mediante la Palabra, de tal manera que ellos mismos logren arribar a la conclusión de que es mucho mejor quedarse en casa que meterse en la boca del lobo con la alta posibilidad de no poder salir.  Hay un tremendo logro cuando dentro del ambiente de la unidad, ya sea el niño, o el adolescente o el joven ve sus necesidades en los diferentes aspectos de su vida suplidas en casa, con el registro de que afuera no será así.  Esto crea en él un sentido de seguridad y protección que promueve el anhelo de mantenerse dentro de los linderos del hogar.  Por tanto, en la sabiduría de Dios, procure satisfacer sus necesidades; tome tiempo con ellos, responda a sus preguntas de diferentes índoles, aun aquellas que tienen que ver con lo íntimo.  Conviene que ellos reciban las respuestas correctas en casa, antes de que el error penetre en sus mentes y los contamine, bloqueando de esta manera la verdad de las cosas según Dios.

(Extracto del libro “PRODUZCAMOS LA TIERRA DE MIEL” Algunas imágenes no forman parte del libro.)